5 cosas que aprendí cuando dejé de gritarles a mis hijos

Ser madre es una tarea difícil, ¡vaya que lo es! Pero también es la mejor manera de enaltecer nuestra existencia. Algunas veces, el agobio del día a día no nos permite recordar la maravillosa labor que tenemos entre manos y terminamos gritando y riñendo a nuestros hijos, no porque estemos cansadas de ellos, sino porque el cansancio viene del sin fin de tareas que tenemos adicionales a ser mamá, como si serlo fuera poca cosa.

Sin embargo, a veces somos nosotras mismas  las que nos ponemos una meta muy alta, queremos hijos perfectos de los que no alzan la voz ni ensucian su ropa, también de los que son discretos y de los que saludan a todos de beso, queremos hijos de buenas calificaciones y cuartos perfectamente ordenados, que lean de corrido a los 6 años y que no se despeinen, que no pierdan los juguetes y que hagan los deberes solos… ¡queremos niños que solo existen en las revistas!

Así que lo que aprendí cuando dejé de gritarles a mis hijos fue:

Lo perfecto es enemigo de lo bueno

Cuando dejé de gritarles a mis hijos aprendí que no necesito ser una madre perfecta, no estoy en una competencia diaria para demostrar nada a nadie. Entendí que mis hijos me prefieren menos correcta y planificada y mas espontánea y feliz.

Tal vez doblar la ropa mañana o lavar los platos en otro momento me hacen una mamá más humana, más feliz y más relajada. Eso me hace una mejor mamá. Tal vez mi casa no esté de portada de revista, pero la sonrisa de ellos sí y es porque he dejado de gritarles a mis hijos.

No tengo hijos perfectos, tampoco los quiero perfectos

Mis hijos son perfectamente imperfectos, son niños a cabalidad: se les derrama el jugo, no les gusta bañarse, riñen para ordenar el cuarto, no les gustan los vegetales y siempre quieren un juguete nuevo… y, ¿cómo podrían ser distintos? ¡Son niños!

Los amo así como son, como un torbellino de risas y de besos empegostados, a veces imprudentes porque son espontáneos, a veces gruñones porque tienen su propio punto de vista de las cosas, a veces caprichosos porque solo quieren ser felices. Esos son mis hijos: perfectamente imperfectos, son niños.

Soy la mamá que mis hijos necesitan

Aun antes de que llegaran a mi vida, ya tenia ideas de cómo quería criar a mis hijos. Cuando venían en camino planifiqué qué iba a hacer en cada situación, no quería ser una mamá improvisada.

Me imaginé cómo le iba a enseñar a rezar y también modales en la mesa. Me dije a mí misma que jamás les daría comida chatarra y que los enseñaría a ser valientes, independientes y generosos. En fin, hice planes con personas que no conocía, ¡tamaño error!

Luego me di cuenta de que debo ser la mamá que cada uno de ellos necesita, no la que planifiqué ser; en unos momentos firme, cálida para otros, a veces protectora y otras veces impulsadora. Porque cada hijo me necesita diferente, porque cada uno de ellos es diferente.

Las miradas de los demás sobran

Tengo muy buenas amigas, con las que puedo compartir con sinceridad las dificultades que a veces voy encontrando al criar a mis hijos, escucho las suyas también. Nos reímos y nos preocupamos juntas, buscamos alternativas o nos hacemos llamados de atención. Son mis socias en esto de la maternidad después del padre de mis hijos.

Pero también he aprendido que hay miradas y palabras que sobran, las de las personas poco sinceras que fingen perfección solo para aparentar, esas miradas, esos consejos hoy en día me valen nada. Creo que me necesitan para tener alguien con quien presumir.

Aprendí a superarme a mí misma

Mis hijos, entre lo mucho que me han enseñado, es a dar la milla extra en esos momentos que ya me veía agotada. Así es, ellos me han enseñado a superarme a mí misma, a ser mejor ser humano,  a perdonarme con una fe inquebrantable en la próxima oportunidad. Me han enseñado a descubrirme fuerte y perseverante, más de lo que yo misma pensaba. Me enseñaron a fijarme en la meta, no en los obstáculos y que puedo lograrlo sin gritarles a mis hijos.

Hoy en día soy realmente una mejor versión de mí misma con respecto a cuando ellos nacieron, me han hecho reinventarme, me retan a ser mejor. Tal vez mi cuerpo y mis ojeras digan lo contrario, ¡ni hablar de mis uñas! No digo que no extrañe verme como antes, seguramente sería genial, pero no cambio por nada haberme convertido en lo que soy hoy en día.

Cada día me levanto con el deseo de ser una mamá a su altura, con la fuerza indetenible para lograr educarles como cada uno necesite, no como yo quisiera para satisfacer mi ego. Realmente, no todas las noches me acuesto satisfecha, algunas sí y mucho, pero otras siento que me voy a la cama debiéndoles un mejor día, algunos abrazos y tal vez mucha paciencia. Esos días, más que ningún otro, me acuesto con la total convicción de que mañana tendré una nueva oportunidad de no gritarles a mis hijos.

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Fiorella Roque Mejia

Estudiante motivada para dar respuesta a los problemas de salud nutricional y apasionada por el estudio de las ciencias de salud, nutrición y la alimentación a la sociedad. Actualmente adoro la nutrición complementaria, el estilo de vida saludable y la fitoterapia. Soy amante del cine, el café y de diferentes tipos de infusiones.

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